Mi
nombre es Daniel Campillo, de Madrid. Tengo treinta y cinco años y he sido
eterno estudiante de periodismo hasta que me expulsaron de la Universidad por
mi bajo rendimiento. ¿O quizá fue por mi afición a la bebida y a las mujeres
poco recomendables? Como sea, desde entonces malvivo escribiendo en folletines
y derrochando el poco dinero de mi familia en espera a que una inspiración
divina me devuelva al buen camino.
Como
toda persona a la que le gusta escribir, pensé que un libro sería la mejor
manera de exorcizar a mis fantasmas, así que me presenté voluntario para un
experimento en una prestigiosa universidad americana creyendo que allí
encontraría la fuente de mi historia. No me preguntéis cual era, los contratos
de confidencialidad que nos hicieron firmar no parecían cosa de broma.
Estoy
soltero, soy heterosexual y como buen escritor maldito sigo empapando mi
teclado con whisky barato o, en ocasiones especiales, tequila de importación.
Aparte de eso, no tengo ninguna enfermedad ni ningún rasgo destacable. No sé por
qué me preguntaron todo esto en el formulario que rellené para acceder a las
pruebas, pero en ese momento tampoco me importaba demasiado. Solo quería una
experiencia enriquecedora sobre la que hablar en mis escritos. Y el pago
prometido tampoco era un mal aliciente.
El
proyecto DeLorean, se llamaba. No nos explicaron mucho sobre lo que se trataba.
Algo de realidad virtual o así. Tampoco es que prestara mucha atención. Nos llevaron
a un laboratorio en el que esperaba encontrarme con el famoso coche volador de
Regreso al futuro, pero por lo visto lo del nombre no era más que una broma
tonta. O eso pensaba en esos momentos.
Éramos
tres, un tipo con aspecto de heavy llamado Ángel y otro hombre más. Ivan, creo
que se llamaba. Nos pusimos unas gafas como esas de RV que se pusieron tan de
moda hace unos años y nos conectaron un montón de cables por todo el cuerpo.
Nos pidieron que nos tumbaramos en una especie de cámara estanca y nos hicieron
dormir.
No
sé qué ha sido de los demás. Estaba solo cuando me desperté, en un sitio que me
costó reconocer. No porque no lo hubiese visto mil veces en imágenes, sino
porque no era posible que estuviese allí. Me estoy refiriendo al Westwood Village Theatre, en Hollywood. Todo estaba lleno de focos y la multitud se amontonaba
junto a la entrada, como si se preparase un gran estreno. Algunos de los focos
iluminaban el cielo y dibujaban contra las nubes nocturnas, algo difuminada, la
silueta de un murciélago. Me di cuenta de que casi todo el mundo vestían
camisetas negras con el logotipo de Batman sobre el pecho.
No
entendía lo que me estaba pasando hasta que un golpe de viento me acercó un
diario abandonado y pude leer la portada: hablaba de la Revuelta de la Plaza de
Tiananmen, del éxito que estaba teniendo el disco Guns’n’Roses live y de la
inminente llegada a Estados unidos de la Game Boy de Nintendo que estaba
arrasando en Japón desde abril.
La
fecha de la portada era de junio de 1989.
De
alguna manera que lo alcanzo a comprender me había despertado en la California
del 89. He viajado en el tiempo y no tengo ni idea ni de cómo ni de lo que ha
sido de mis compañeros de experimento. Y mucho menos sé cómo hacer para regresar
a mi época.
Ahora
estoy empezando ya a asimilar lo sucedido, aunque la lógica de los hechos se
escapa a mi comprensión. No sé cómo actuar ni cuáles deberían ser mis próximos
pasos para poder volver a casa, pero, por lo pronto, voy a tratar de colarme en
el estreno. No todos los días se tiene la oportunidad de estar en una premier
de este calibre.
Después,
ya veremos qué es lo que sucede…
